Tierra del Fuego, un paisaje cultural extremo

Tierra del Fuego es un genuino paisaje extremo, tanto por las formas antrópicas que han modificado su territorio, como por su imaginario, magnitud, posición, clima o geología. Quizás resulte suficiente con desplegar un mapa e imaginar un viaje a este sur del Sur. Cuesta reconocer como tierra firme el extremo más austral del continente, ese conjunto de manchas tan irregulares de ocres y blancos en las cumbres, recortadas caprichosamente por el mar. Y al sur, separado de cuajo por la impresionante herida del Estrecho de Magallanes, todo son islas, aunque algunas tan grandes y espectaculares como Tierra del Fuego.

La geografía se nos muestra aquí en estado puro y todo nos remite al concepto de un paisaje extremo: la idea de vastedad, de pisar el confín de un continente que se ha roto en pequeños fragmentos, de estar en un territorio de frontera. Incluso en verano el viento es gélido y Tierra del Fuego puede alcanzar temperaturas muy bajas, mostrar cambios continuos, de fuertes vientos a calma total, o de un sol espléndido a aguaceros intempestivos. Uno se pregunta cómo se las apañaban las tribus de los sélknam, a los que vemos sobre un manto de nieve, vestidos apenas con artísticas pinturas en las bellas fotografías de Martín Gusinde.

La singularidad del clima; la rotunda belleza de la geografía; la lejanía y aislamiento al sur oriente de la tierra firme; la condición de último territorio poblado de forma permanente; la vastedad de las perspectivas y la enorme longitud de las sombras; la atracción que ejerció sobre tantos viajeros de allende los mares, que siglos atrás querían descubrir esta tierra incógnita, cerrar el recorrido alrededor del mundo o alcanzar este sur lejano y mítico desde capitales lejanas; las singulares condiciones de vida y la historia de tantos establecimientos fracasados; (2) la práctica desaparición de los vestigios de sucesivas culturas que lo enriquecieron; el enorme esfuerzo de tantos cartógrafos (traducido en miles de bellos grabados) y de estudiosos como Darwin, (3) Agostini, (4) Martín Gusinde, (5) autores de documentos extraordinarios; la percepción de inmensidad, de vacío…; todo nos remite a la imagen de un paisaje extremo, de hecho un paisaje cultural extremo.

En tantas ocasiones se identifica paisaje cultural con las categorías utilizadas por Unesco o por National Park Service, como si este concepto se hubiera acuñado a finales del siglo XIX. Pero quizás ni siquiera le convenga a Tierra del Fuego una nominación universal. Sus vestigios difícilmente perceptibles; su valor como territorio escasamente hollado, una de las últimas fronteras; la belleza del vacío y del silencio, que a su vez supone una notable fragilidad; las condiciones climáticas y geográficas tan singulares; la atracción mágica que ha ejercido sobre viajeros y aventureros de todos los tiempos; su aislamiento y baja densidad poblacional, constituyen motivos más que suficientes para reclamar el reconocimiento a su extraordinario valor e interés como paisaje cultural extremo.

Este escrito será publicado en toda su extensión por Ediciones ARQ en el libro “Tierra del Fuego. Historia, arquitectura y territorio” (septiembre 2013).

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1) Joaquín Sabaté joaquin.sabate@upc.edu es Doctor Arquitecto, Economista y Catedrático de Urbanismo en la Escuela de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Cataluña.
2) Nombre de Jesús y Rey Don Felipe fueron dos malogrados establecimientos fundados por Pedro Sarmiento de Gamboa. Al respecto, ver su libro: Viajes al Estrecho de Magallanes 1579–1584.
3) Darwin, Charles: Darwin en Chile
4) De Agostini, Alberto: Treinta años en Tierra del Fuego
5) Gusinde, Martín: Los indios de la Tierra del Fuego